Allí estaba ella, en el mismo banco de siempre sosteniendo un pequeño libro entre sus manos. A esta distancia no consigo leer el título, pero sí sé por su expresión agridulce que duele; esta vez es un dolor diferente, se parece más a la decepción, a la derrota. Sí, esa es la palabra. Se la ve destrozada, como si quisiera gritar y romper ese libro, hacerlo mil pedazos, quemarlo y desprenderse de él para siempre, pero no puede, es como si formara parte de ella. Y entonces fue cuando lo vi, la portada estaba al descubierto, como si quisiera que la miraran y vieran el mismo dolor que producía al leerlo: recuerdos sumergidos en lágrimas secas.
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